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30 agosto 2012

Karateca en alma y vida

Hace varios años escuché por una entrevista del colega Ramón las vivencias de este hombre, que día a día, echaba a un lado sus limitaciones, el no contar con ninguna de sus  manos, y a pesar de ello, los niños de su terruño, Cabaiguán, reciben clases de este empedernido karateca. Su nombre, Ismael Piñero Barreras.
Se dice fácil, pero como dice el viejo adagio hay que verlo para creerlo. Ismael tiene amputados sus dos brazos cerca de los hombros,  y sin embargo, lleva más de dos décadas y media dedicado a la enseñanza de este marcial. Sin embargo, escuchar por otro sus vivencias es una cosa, y después que lo tienes frente a ti, reconoces los verdaderos valores y virtudes de este hombre, que un buen día volvió a nacer.
De sus inicios en el ejercicio de esta profesión habla Ismael, uno de los protagonistas del quehacer diario de la llamada Escuela Comunitaria de Cultura Física del municipio de Cabaiguán.
“Empecé a practicar el kárate en el año 89, en Guayos. Estaba en la universidad, cursando la carrera de Ingeniería en Agronomía cuando un compañero de Jíquima, con la misma discapacidad que yo, me embulló y me aceptaron como alumno.
Alcanzar la cinta negra fue difícil, tan difícil como aprender a escribir sin manos y vencer cinco años de carrera. Igual de fuerte es este arte marcial porque exige muchos sacrificios; pero lo más importante es que al final recompensa. Además de salud, te ayuda a ver la vida diferente, te hace ser mejor a través del mismo entrenamiento. He tenido la suerte de enseñar durante los últimos 15 años de mi vida y esa experiencia hace que apartes de la mente la tragedia que un día te cambió el destino”.
Con sólo 22 años, Ismael Piñero sólo pensaba en llenar estadios, convertirse en una leyenda viva, al igual que sus peloteros favoritos, Lourdes Gurriel, Antonio Muñoz y Orestes Kindelán. Vivía y soñaba, pensando que algún día de su bate saldría disparado un cuadrangular decisivo. Sin embargo, un accidente truncó los sueños del joven, pero no su vida.



Entonces, desde esa edad, con esa pasión de los elegidos, juró no ser carga para nadie, y llegar a ser hombre útil a nuestra sociedad. Y lo logró.
“Ese fue un choque duro, duro, imagínate un muchacho con esa edad verse de la noche a la mañana sin manos. Desde niño andaba con un bate y una pelota, y de momento, todo eso se acabó.
“Después que ocurre la explosión, que me operan, comienzo la rehabilitación. Recuerdo el consejo que la doctora le dio a mi madre y que yo agradezco infinitamente todos los días: Si usted quiere que él sea un ser humano como los demás no le tenga lástima”.
Luego del accidente Ismael se graduó de ingeniero agrónomo; después la práctica del kárate le hizo tomar el camino del magisterio. Difícil imaginarlo enseñando el estilo Goju-ryu; pero ya nada en él asombra.
“He logrado métodos para que los muchachos me entiendan, y cuando hacen algo mal, les corrijo los ejercicios. Tropiezos no han faltado; pero con la voluntad que nos da el arte marcial uno supera los problemas. Puede que retroceda un paso, pero avanzo siete.
“Por mis manos han pasado muchos niños con calidad, que han llegado hasta la cinta negra. Ellos me ayudan muchísimo, en mis clases y en mi vida. Para ellos trabajo y lucho”.
Tres veces a la semana Ismael deja el escenario habitual de sus clases, en Cabaiguán, para llegar hasta la comunidad de La Esperanza; allá más de dos docenas de niños esperan la llegada del entrenador y también padre.
“A todos los quiero como si fueran mis hijos porque llevo muchos años en esto. Tienen problemas en sus casas, conversan conmigo y uno los ayuda. Ellos permanecen más tiempo en la escuela y aquí conmigo que en su casa. Alumnos que fueron míos por ahí me ven y me besan, me abrazan; los tengo que son doctores, son instructores de arte...
“Me lleno espiritualmente muchísimo al dar clase; los conocimientos que uno va adquiriendo en la vida se los transmite a los muchachos. Soy recto en las clases, pero ellos a la larga o a la corta me lo agradecen”.
Pero a Ismael no sólo se le conoce en el argot deportivo por ser limitado de sus manos y ser profesor de kárate do. Hablar en el INDER de Cabaiguán de su nombre es sinónimo de innovador, por lo que ha ganado  en eventos provinciales y nacionales del Forums de Ciencia y Técnica.
“Tengo varias innovaciones, una la hice para la práctica de tiro; fue en el año 89, en este caso fue una prótesis de madera para agarrar la pistola. Resultó relevante a nivel de INDER en el municipio, y mención en el provincial y nacional. Se puede generalizar para la práctica de tiro de los amputados dobles.
“La otra innovación fue un protector para evitar los golpes en los senos en las niñas que practican el kárate. A nivel nacional se usa este medio para las niñas”.
A pesar de los obstáculos que impone la amputación doble de sus miembros superiores, Ismael cursó la Maestría en Deporte Comunitario. Para tanto empeño la mejor de las recompensas es haber sido entrenador de más de un centenar de menores y aportar  estudiantes a la EIDE Lino Salabarría.
El kárate es la vida mía, a él le debo mucho de lo que soy ahora.
Es un arte marcial para formar valores; a pesar de ser de combate no se utiliza para eso, sino para que las personas sean mejores integralmente”.
Esa es la vida de Ismael Piñero. Después de su accidente ha dedicado su alma y su vida a su profesión. “Vivo y viviré para formar karatecas, esa es mi razón de ser, y el camino de mi vida”. 

Fuente:  http://www.radiosanctispiritus.icrt.cu/

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