12 junio 2008

Crónica de un encuentro terapéutico de un niño autista con el karate.


Juan Carlos (4) ingresa al salón en brazos de su padre, quien se detiene en medio del colchón de plástico y lo instala en el suelo. Tan pronto toca piso, comienza a correr y a gritar.

Acto seguido, Adolfo López Alemán, maestro de karate, intenta comenzar. Pero antes, tiene que captar la atención del niño, paciente del trastorno generalizado del desarrollo no específico.


Juan Carlos continúa corriendo, sin rumbo y a toda velocidad. Grita y corre. El maestro, va tras él. Hace cuatro meses va al Programa Adaptado de Karate Tradicional Puertorriqueño (PAKTO), un concepto original de López, maestro y estudioso del karate adaptado.

Mientras, el padre se despoja de los zapatos y entra al terreno del ejercicio. Con la fuerza que le da el amor, ayuda a su hijo a completar las rutinas de karate, una de las artes marciales más populares en Puerto Rico.

La jornada se torna difícil y el karateca, cinta amarilla, se resiste. A falta de palabras se desespera y trata de morder a su profesor. Cierra los ojos y se niega a completar las katas (secuencias de movimientos).

“Volvemos...”. El papá lo agarra y lo ayuda a hacer los movimientos. Pasa un tiempo antes de lograrlo, papá junta las manitas del niño y se produce el aplauso. Continuamos. Le faltan dientes a Juan Carlos, pero insiste en morder. Aún debe completar otros movimientos. Sigue y se resiste. Vuelve el zarpaso, esta vez, quiere morder a papá.

Nadie se da por vencido. El padre insiste en que el chico complete su patada. “Si no puedes, papi te ayuda”, le dice al oído Carlos.

Al fin, suelta la patada, pero corre como un celaje tras una bolita de baloncesto. Quiere tirarla al canasto de la esquina del salón. Para él encestar la bola es como una recompensa por terminar las katas.

Al segundo, Juan Carlos se altera, grita fuerte y se acuesta. Para captar su atención Adolfo le habla fingiendo a “Mickey”, y le hace cosquillas. El niño sonríe, pero no se quiere levantar.

Carlos interviene y tras varios intentos logra que el chico se ponga de pie. “Mira que te ven y dicen que no eres karateca, porque no tienes esto bien. Tienes que estar bien para que te consigas una novia”, le dice el padre mientras le endereza el uniforme.

Hasta de “Mata la cucaracha” (canción) se vale Adolfo para llamar la atención de Juan Carlos. Ahora para que tire una patada sobre una almohadilla tirada en el piso. “Mata la cucaracha Juan Carlos”, le dice.

Emite sonidos, y cuando lo hace se tapa la boca. Entiende todo lo que se le dice y sabe exactamente cuántas patadas o puños tiene que dar en cada rutina. Culminado el ritual vuelve a acostarse. Su maestro hace malabares para que el niño termine su rutina y se tira al piso con él. El niño se le echa encima y después de intentar darle un pellizco le da un abrazo.

Como un resorte, se despega de su profesor y sigue con su rutina. “Olvídese, para usted no hay imposibles”, le dice Carlos a su único hijo antes de intentar hacer la rutina más compleja. Tiene que completar tres secuencias diferentes.

Antes de comenzar, Juan Carlos se tira sobre Alfonso, que está arrodillado frente a él. Lo abraza, con fuerza.

Tras culminar con éxito la rutina Juan Carlos hace los últimos movimientos de la clase. Sentado en el suelo, Carlos le agarra las manitas y hace los movimientos por él. Se repite la secuencia, intercambian los sonidos de rigor, y con un “¡Todos tenemos derecho a disfrutar!” culmina la clase que, pareció eterna, pero duró 40 minutos.
Fuente: El Nuevo Dia

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